Para defender su orgullo, Rosaura pensó, en devolverle a la sociedad, ridículo por ridículo, desprecio por desprecio, injusticia por injusticia. Rosaura hizo apretar las cuerdas con las que su padre la había aprisionado tontamente hasta que se rompieron. Un mal sacerdote lo ató a la servidumbre del matrimonio, y por su arbitrariedad e injusticia hubo que romperlo. Un fiscal general que busca castigar a las víctimas de los crímenes de un verdugo se ve obligado a odiar a los jueces de su país. Entre la corrupción tiránica y la corrupción halagadora, para un ser inexperto y con un alma ardiente, la elección es clara. Los tiranos y los fanáticos son quienes llevan a la sociedad al exceso. Esto es lo que hay que decir, en lugar de revelar que las fiestas, festines y libertinajes de la Casa Rosaura estaban bajo la jurisdicción de las tinieblas. Después de estos días estresantes, la casa de Rosaura siempre estaba cerrada y tranquila por las noches.
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